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   Una de las costumbres mas arraigadas del género humano es señalar como propio aquello que le pertenece (y en ocasiones también lo que no le pertenece). Al marcar con su nombre las cosas, el propietario simplemente está indicando que existe un dueño, evitando así confusiones en cuanto a su legítima pertenencia. Siguiendo esta costumbre no es de extrañar que los libros, como objetos de valor que son, sean firmados por sus dueños o señalados por cualquier marca de posesión.

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